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¿Qué es ahora lo correcto?

Separamos ficción y realidad a duras penas. Comidas, meriendas y cenas aderezadas por noticias morbosas, duras y descarnadas de corrupciones, guerras y conflictos en las que el bien y el mal se difuminan y/o justifican con sutileza según el caso. ¿Violencia?, ¿qué violencia? Diatribas políticas, deportivas o del corazón en las que hay muy pocos matices de objetividad y diferencia. Películas, series y vidas en las que
los protagonistas (¿y los héroes?) son los villanos, personajes a los que ansiaremos parecernos porque, al parecer, el poder mola. ¿A cualquier precio?
Ojo, que esas películas de entretenimiento también nos avisan de lo importante: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Pero esto a veces se oculta o se olvida.
Y, en el mejor de los casos, habitarán en el eje de lo neutral hasta descender por el abismo de lo maquiavélico, adscritos al haz lo que quieras, tierra de nadie de la relatividad moral, donde el nivel de bondad y crueldad vendrá solo determinado por el interés propio.
¿Dónde han quedado las enseñanzas de equidad, compasión y justicia? En un entorno en el que ser bueno, honesto, leal y noble, o simplemente neutral en el caso de que alguien no sea plato de tu devoción, es sinónimo de débil, la relatividad ética está servida.

¿Dónde se guarda lo inconcluso?

Resulta bastante obvio que todos tenemos una parte oscura, también conocida como el subconsciente freudiano y relacionada con la sombra de Jung. Es el lugar al que van a parar las pequeñas frustraciones del día a día. La respuesta que no dimos, o que no supimos dar, en el momento preciso (y que cuando vino a la mente a lo mejor ya no procedía o sonaría extraña). La cobardía, la prudencia e incluso la pena. Obviamos escarbar en ese lugar porque sabemos o intuimos que en esa maleta a presión se guardan los porsiacasos de la vergüenza.
En resumen: todo lo que nos hace daño y no somos capaces de masticar, tolerar u olvidar se deriva al subconsciente.
Casi todo lo que no está bien resuelto es peligroso, mejor no revolverlo mucho e intentar olvidar. A menos que ya sepamos regular las emociones que ayuden a manejar nuestra propia frustración. Y nociones básicas de empatía: ponerse en el lugar de la otra persona y entender cómo se siente. O comunicarnos, la mayor parte del tiempo, de un modo asertivo: teniendo en cuenta las peticiones, derechos y deseos de los demás.

Ponte en situación

 

Si todavía en casa nadie nos ha enseñado parte de esto a lo peor acabaremos expulsándolo. ¿Cómo? Seleccionando un chivo expiatorio.
Imagina una discusión en casa en la que no interviniste porque te habrían hecho más daño. Nadie te tiene en cuenta, allí todo son voces, insultos, prejuicios y desprecios. Aparentas entereza, haces ver que te da igual y no te afecta. Sabes que te ha hecho daño, pero no hay tiempo ni ganas ni modo de despiezarlo para ver qué sí y qué no. ¿Solución? A la papelera del subconsciente, te convences de que no importa pero el dolor está ahí.
La jornada continúa y vas a lo tuyo, sin embargo eres incapaz de contener la ira, allí está esa persona a la que no soportas. Tienes un enfado del que deshacerte y un objetivo, da igual que sea o no inocente, a la vista. No te lo piensas dos veces y… atacas. Las normas no van contigo, hacer daño o no te da igual, ni siquiera te vas a parar a pensarlo, lo único que necesitas ahora mismo es sentirte mejor.
Pero después de ese ataque — no parece violencia, no se ha visto nada— del que ni siquiera se ha defendido (y eso te enfada aún más), te sigues sintiendo mal. Esa no era la solución. Da igual, descargaste un poco ya, dentro de un rato, más. A ver si aumentando la intensidad del ataque consigues deshacerte de tu propia rabia.

Necesitamos algo de público

Hay testigos, habrá que amedrentarlos, habrá que hacerles entender que si no están contigo estarán contra ti. Y ya han visto de lo que eres capaz. Empiezas con la campaña de descrédito: mentiras, críticas y burlas hacia tu víctima favorita. El truco es sembrar un poco y dejar que los nuevos lacayos hagan el resto. Sin rechistar aceptarán porque sin duda preferirán ser verdugos a víctimas.

algunos resultados de la violencia escolar

Haces esto porque atemorizar con violencia y sembrar el terror son maneras rápidas de obtener éxito y cierto poder social. Además nadie está al acecho para poner freno a tus abusos y lo haces con tanta habilidad que no se nota. Tu víctima no se queja, a lo mejor, en secreto, incluso le gusta porque no se quiere defender. Y esto te da rabia por un lado porque… ¡Vaya oponente! Pero por otro te libera un rato de tus conflictos. Fuera de casa eres el rey (o la reina), dentro eres igual que tu víctima. Absorberás lo que ves, te dolerá de nuevo y mañana otra vez a sacarlo, haciendo daño sin que te sirva de nada.

¿Tendrá relación con esto?

Nos hemos acostumbrado ya de tal manera a invisibilizar, normalizar, trivializar la violencia y tolerar la crueldad que no somos capaces de distinguir cuando estamos sobrepasando los límites de inhumanidad. Aunque tal es la jerarquización de la injusticia y la estigmatización por el bien común que pararse a pensar en qué le está sucediendo a esa persona que se ha convertido en el centro de los ataques y en qué medida  contribuimos a ello con el miedo, el silencio, el insulto o la justificación velada.
Está costando tanto discernir cuando algo es ficticio o real que convivir, asumir y aceptar la hostilidad como sistema habitual de relación y trato es lo más normal (más aún cuando el ámbito emocional ni se trabaja ni se entiende). Resulta sencillo librarse del dolor moral, del castigo y la culpa aludiendo a la poca resistencia de la víctima o con la burda excusa del era una broma. Solo somos audaces a tiempo parcial y si hay público que nos respalde las gracias. Así la violencia no lo es tanto.
Porque asumir errores fatales y encontrarnos de frente con respuestas incómodas que tal vez nos conviertan en un borrador de monstruo sería algo que difícilmente podríamos soportar: ¿quién es tan valiente de reconocerse como torturador/a a pequeña o gran escala?
¿Ves alguna solución en ciernes? Se llama educación, lo ideal es que empiece en casa (incidiendo en el ámbito emocional) y funciona mejor si familias y escuelas se agrupan en el mismo bando.
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One thought on “Violencia normalizada, acoso invisible

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