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Tratamos de evitar la soledad a toda costa.

La  soledad interpretada  a veces como algo temible, miserable, detestable y pernicioso. ¿Y sí fuera lo contrario?, ¿alguna vez lo pensaste?. Si aprendiésemos a gestionar los momentos solitarios con eficacia, analizando los propios actos, explorando las carencias o potenciando las virtudes, podríamos abandonar el estado de desvalimiento que nos da miedo, porque detrás solo hay una sensación (irreal) de vulnerabilidad, el temor al propio vacío y los pensamientos o su ausencia.
Dos personas solas por azar: Bob Harris (Bill Murray) y Charlotte (Scarlett Johansson). Él acodado en una mesa, resguardado con el recital y el whisky. Ella aislada entre la banal conversación de su grupo.
Bob no se incomoda ante la soledad física, es algo transitorio, neutral. Solo necesita la sutil seguridad de un poco de rutina. Ella está y se siente sola, unas veces aterrada, otras complacida, escoltada por esa pequeña cuadrilla de seres triviales.
Bob se (in)comunica con su familia vía telefónica. Nadie dispuesto a escucharle. al otro lado del aparato solo un torrente de palabras y frases sin sentido o significado claros, ninguna empatía. Rutina, monotonía, neutralidad, frialdad… Ella termina su exposición, él quiere expresar sus pensamientos e inquietudes. Ahí llega el momento de poner punto final al monólogo. No cualquiera tiene el permiso para hablar.
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Haced caso a Bob, él tiene el truco. Pics vía Pinterest

Charlotte también está sola. Ávida de practicar y relacionar filosofía y entorno, busca su lugar en el mundo. Solo se sabe extraviada y desorientada en una ciudad extraña. Abandonada sentimentalmente, arropada por montañas de audiolibros de autoayuda, explora identidad y destino,  mientras suplica en silencio a su marido un poco de interés y atención que no acaban de llegar.

¿Cuántas veces en los últimos días te has identificado con Bob y Charlotte?

Amanece en Tokio. Bob es trasladado al set de rodaje. Una rutina estable, segura y conocida que se torna incómoda y perturbadora al no haber un buen entendimiento entre director, intérprete y él. Esto genera desconcierto en el actor. Las pautas largas y elaboradas del director no encajan con la brevedad de la traductora. Bob no entiende cómo ese largo discurso se materializa en una instrucción tan concisa.
Más aún cuando el discurso gestual no apoya el torrente de palabras.
Charlotte, sola de nuevo. Otra vez abandonada. Odiosa tristeza nostálgica. Bob y Charlotte unidos, aun sin saberlo, por ese halo de incomprensión subyacente.

Nosotros, evitaremos la soledad a cualquier precio. Cuando suceda, antes de caer presas del silencio, acudiremos a nuestros recursos salvadores externos: esa pantalla de televisión que nos habla, da igual de qué. Una conversación de móvil, aunque sólo sea para decir que no se oye nada, que la cobertura está fatal… El muro en el que nuestros innumerables amigos nos dejan mensajes de apoyo para mitigar el desvalimiento que nos invade.

¿Qué sientes en ese momento de soledad?

Japón retratado como un colectivo desequilibrado, arropado por la superficialidad, el morbo, la velocidad o la hiperestimulación. ¿Consecuencias de un vacío existencial generado por la necesidad de inmediatez, la pérdida de las tradiciones, o la necesidad de un código ético y moral?
El paseo de Charlotte del metro al templo refleja ese abismo. Allí, un reducido número de personas en recogimiento y oración, un lenguaje casi exento de palabras que aúna a los congregados en un todo capaz de establecer una comunicación fluida, espiritual y silente frente a la desorientación del bullicio y desconcierto en el exterior.
Regresa al hotel deshecha y compungida, dolida por ese mundo inhóspito. Telefonea a una amiga, entre sollozos contenidos. Espera un poco de apoyo, escucha y comprensión. Pero no hay nada de eso. Las relaciones de amistad no existen, son solo falacias.
Aun a sabiendas de estar rodeados (a veces invadidos) físicamente por grupos de individuos nos sentimos absolutamente vulnerables y perdidos.

¿Palabras, gestos o acciones?

Llega el temido momento de la despedida. El brutal regreso a la otra realidad en la que no se sabe muy bien cómo manejar las cosas para salir indemne de las decepciones, frustraciones y dolor. Muchas veces sobran las palabras.
Una mirada, una sonrisa, un guiño o una leve caricia son elementos suficientes para escapar del vacío y retornar al engranaje del mundo sintiendo e interpretándolo como un lugar mejor.
Última noche en el bar. Bob expresa su pavor por el fin de esos días. Intercambio de miradas que refuerza el vínculo entre ellos que será doloroso romper. Por la mañana, despedida en el hall del hotel. Solo se miran, como si eso bastase para detener el tiempo y borrar lo inevitable. Al final un escueto que te vaya bien, rápido y fugaz que esconda la aflicción de la pérdida.
Charlotte-Bob-lost-in-translation vía Pinterest

Soledad atenuada vía Pinterest

La mayoría de nosotros no vamos un poco más allá. Nos cuesta ponernos en el lugar del otro y escuchar, con oídos y mirada, su discurso. No hay nada fuera de nuestro ámbito de actuación, de nuestra exposición contundente y desconcertada.
Y ese es el principal motivo de la soledad y el vacío: la escasez de comunicación.
Nos preguntamos entonces cuáles son los ingredientes secretos de las relaciones puras que no conocemos en este mundo o en esta época. ¿Cómo solucionar esa incipiente sensación de abatimiento?

¿Qué quieres: escuchar, entender(te) o comunicarte?, ¿por dónde vas a empezar?

¿Necesitas un poco de ayuda para ordenar las ideas?

Reproducción parcial tomada de diván inquieto (2015)
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