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Todo empieza en casa

Hay familias sencillas, hay familias superficiales. También existen algunas sinceras, evasivas, extenuantes, unidas, coleguitas. Hay familias que viven de la apariencia y en las que casi nada es lo que parece. Hay familias en las que querrías estar porque, aunque todas tienen sombras, estimulan a sus miembros a crecer, a expresarse, a no reprimir la emoción, a manifestar el dolor para que no se enquiste y entender el porqué de la ira para canalizarla del modo más adecuado.
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Ingmar Bergman, Persona.

Pero no siempre es tan fácil. Hay otras casas en las que, de un modo más o menos sutil, se insta a los integrantes (o a algunos de ellos) a ser modositos, a saber ceder frente a los que no tienen tantas ventajas como has tenido tú en la vida o a tener tacto. En definitiva, a demostrar que se ha dado la educación más exquisita: amabilidad, cortesía, prudencia, empatía* (relativa) y otra serie de cualidades varias. Muy útiles todas ellas para la vida en sociedad. Gratas, sí, cuando quien las practica se halla entre semejantes. Pero, ¿qué sucede cuando se interpreta todo este despliegue de cortesía como un signo de debilidad? ¿Por qué en el paquete básico no se enseña también cómo mantener la posición ante un ataque más o menos velado? El lote amable se convierte entonces en una cápsula envenenada para el poseedor, que se siente atado de pies y manos porque no está bien hacer sentir mal a los otros, aunque éstos, con actitudes, obras veladas (o directas según su interés) o valiéndose de su habilidad para la mímesis combinada con esa impecable e invisible capacidad depredadora, mutan de verdugos a víctimas en cuestión de segundos.
¿Resultado? El educado tiene que seguir tragando, sólo un poquito más. Total, qué más da, ya está acostumbrado. El picajoso es así porque lo está pasando mal, porque ha tenido una vida difícil o… (rellenar al gusto).
– Una implosión leve. Bueno, no pasa nada.
Es leve, así que no importa, ¿verdad? Está raro, taciturno, no se sabe qué le pasa, no dice nada (porque aunque a veces le gustaría verbalizarlo no siempre encuentra las palabras que querría para expresar la rabia, la ira y el dolor), no está acostumbrado, nadie le enseñó. Solo ha practicado en ocasiones puntuales. Y como es tan así, como no sabe adaptarse ni ser el bufón (la manera más sencilla y/o cómoda de no desentonar ni generar incomodidades a los demás) es más fácil para (casi) todos el uso del comodín: problemático. Pero esa vez a lo mejor no es tan leve porque es el resultado del acúmulo de implosiones previas.
– Un estallido repentino (¿de verdad repentino?) del educadísimo y cortés pusilánime porque, sí, así es como a veces ahora se conoce y se etiqueta a los prudentes y otras especies de las que hablaremos en otra ocasión.

*La empatía esa

Suele entrar en el pack básico del perfecto bien educado. Sí, es muy interesante, muy constructiva y una buena manera de aprender y explorar los sentimientos. Todo muy armónico y espectacular sobre el papel. La buena noticia es que puede aprenderse, entrenarse y practicarse a voluntad, más o menos. ¿Quién lo merece? Fácil: quien la devuelva. Es casi un superpoder. Hay quien la ejercita de modo natural y quien no la lleva a cabo porque “a santo de qué me voy a tener que poner yo en el lugar de nadie, bastante tengo para mí.”
Veamos con un ejemplo las características y detección de la persona empática.

Eso sí, también os digo que una muy buena manera de practicarla es ponerse en el lugar de ese sujeto contenido al que se pretende modelar. Y observar si está cómodo en el papel o si anhela un poco en secreto poder ser como los otros, los que tienen cancha para la manifestación emocional sin tanta contención. Los que se permiten el lujo de ser  mordaces, sarcásticos e incluso un poco hirientes o crueles…, ¿incorrectos se les llama?, pero como tienen esa gracia y son tan así, no pasa nada.
No te lo tomes tan a pecho, que no es para tanto.
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La empatía, análisis de escena de El Imperio contraataca

Total que, además de enseñar en casa el pack de modales compasivos y adaptativos perfecto sería bueno que, en el caso del rasgo de carácter de prudencia de serie, se practicase un poco también la autodefensa verbal argumentada, la asertividad, los límites y el refuerzo de la autoestima en vez del famoso “no repliques a tu madre/padre” o a cualquier otro que se entrometa en el espacio físico, psíquico o verbal sin ser invitado a ello.
¿Nunca os habéis quedado en blanco, sin responder (aun queriendo hacerlo), por no saber qué decir, por haber sido sistemáticamente instados a no contestar a los agravios, por pena o incluso por temor a dar una respuesta desproporcionada? Pues sí, también la enseñanza de la confrontación es un deber para casa.

Y, antes de acabar, unos secretos

las familias perfectas no existen en la vida de no ficción, solo en el cine y los libros. Aprende lo que puedas de los tres y reconstruye la mejor versión que puedas de ti antes de huir a la fortaleza física o mental.
Eso sí, recuerda que tarde o temprano, mental o físicamente, habrás de volver. Ese bucle no acabará nunca, o no debiera, porque, si tienes el superpoder de la capacidad de aprendizaje querrás integrar casi todo lo nuevo. O a lo mejor eres un Walking dead y aún no te has dado cuenta, mira a ver si aún respiras.
Vía Factory Magazine

Y tú, ¿qué tal llevas todo esto?, ¿quieres que te ayudemos en algo?

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