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Lo que no se ve no existe

Pues no. La realidad dista mucho de todo esto. Lo que no se ve es lo que más duele y permanece. Y lo que te puede acabar convirtiendo en una persona totalmente diferente a la que fuiste o, en el peor de los pronósticos, incluso a imaginar la idea de la desaparición como un modo de acabar con la pesadilla.
Porque no sabes qué fue lo que sucedió, si antes incluso eráis colegas. Y el día que pasó aquello —un error significativo, aparente o relevante para todos, que genera burlas, una equivocación, una nota que destaca por arriba o por abajo, esa situación personal o familiar que te hace estar ausente, retraído o atemorizado. Destacar por lo diferente es un riesgo— comenzó el terror.
Celos, rivalidad o envidia
Pueden ser desencadenantes del mobbing escolar. Situaciones positivas: sacar buenas notas, la belleza de la víctima o cierto éxito social son rasgos que despiertan celos y envidias.
También estarán en la lista de víctimas aquellos que supongan una amenaza para otros porque imaginan su liderazgo en peligro.
Caos en el aula
Cuando la disciplina y la estabilidad en el aula no existen y no se sabe cómo crearlos hay un recurso fácil al que acudir: la búsqueda y selección de un chivo expiatorio al que desviar la atención y responsabilizar sistemáticamente de cualquier desastre.
Produce el mismo efecto señal que lo anterior elegir a algún alumno que por parecer o ser diferente, introvertido/a o ser el nuevo/a, no va a hacer frente a las provocaciones. Culpabilizar a uno/a puede ayudar a ganarse a los demás, ¿o no?

Empieza el infierno

Con frecuencia los acosadores/as son previamente manipulados socialmente por un instigador/a del acoso que tergiversa, inventa o calumnia consiguiendo demonizar a la víctima y poniendo en contra al grupo de compañeros.
El/la cabecilla aprovechará el detonante inicial para organizar un linchamiento grupal y social. La manipulación y conversión de un hecho intrascendente o puntual en desencadenante del acoso habitual que será lo que cause daño psicológico en la víctima.
Solo querías ir a clase —al principio incluso era divertido: llegar, reírse con los amigos, hablar, jugar en el recreo… Después llegabas a casa y contabas algo que recordabas bien porque te había gustado— o vas porque es tu trabajo, estás en la edad de aprender, o eso dicen. Pero de los insultos, los desprecios, las críticas o lo que se inventa sobre ti, que está pasando y te hace sentirte pequeño/a, triste y acobardado/a, de esto nadie te ha dicho nada. Y ¿por qué te lo hacen si tú no te metes con nadie y vas a lo tuyo? Hasta a veces te preguntas qué haces o qué tienes mal para que te estén sucediendo estas cosas.
Ahora solo hace falta poner los adornos: motes, burlas, gritos, ninguneos, desprecios, malas contestaciones, silencios… Poco a poco los integrantes del grupo de referencia irán pasando al territorio de los testigos, convirtiéndose en cómplices silenciosos, o directamente a la banda de acoso para evitar así convertirse en víctimas. Sin embargo muchos de ellos lo harán solo porque los demás lo hacen. Hacer cosas por imitación entra dentro de lo normal en el proceso de aprendizaje. Enseñar que es necesario tener en cuenta a los demás, pensar cómo te sentirías en su lugar, que reírse, burlarse o dañar a alguien no está bien, es una prioridad y este tipo de enseñanzas y aprendizajes empiezan, antes de ir a la escuela, en casa y se producen por observación.

La victimización

A partir de este momento será frecuente que a la víctima del acoso se le busquen y atribuyan motivos que justifiquen, por parte de su entorno escolar e incluso el de los adultos, las características que le hacen merecer el acoso al que está siendo sometido.

Te sientes cada vez peor, más triste, más apartado/a, más vapuleado/a, se ríen de ti, algunos ya ni siquiera disimulan al hacerlo, te envían mensajes horribles… ¿Es que nadie se da cuenta de lo que está pasando? Tienes un agobio tal que ya has intentado contar que se están metiendo contigo, antes de darte la oportunidad de decir que de esto hace tiempo… No parece que te crean: ¿te han pegado? No, ¿te llaman cosas? No es para tanto. ¿No te dejan jugar?, ¿los ninguneos no cuentan porque no se ven? Algo habrás hecho, como eres tan raro/a. Y tú ahí sigues, aguantando porque si quien te conoce tiene dudas, seguramente serás tú.
A veces sucede que en vez de evaluar la situación, poner remedio inmediato al acoso y proteger a la víctima, se genera un proceso de victimización secundaria en el que se etiqueta al acosado con toda clase de alteraciones psicológicas, sociales y familiares, que la responsabilizan o incluso hacen merecedora de lo que le está sucediendo.
Pues ahora escúchame bien: no eres tú, no estás haciendo nada malo para merecer que te traten así. Quédate con esa idea, busca a alguien en quien confíes para que te ayude y cuéntale lo que te está pasando y cómo te sientes.

La impunidad de quien acosa

La situación y conductas de acoso no se han verificado, solo se ha evaluado cómo está la persona, confundiendo y enmascarando consecuencias como síntomas previos de la víctima a la que se le ha dado un mensaje de que algo no funciona como debería en ella o que ha cometido un error y por eso ha sucedido todo.
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Oñate, A y Piñuel, I: Acoso y violencia escolar en España: Informe CISNEROS X – IEDDI – Madrid 2007

Si el centro educativo no interviene protegiendo a la víctima de modo inmediato erradicando injusticias y abusos y sancionando a los acosadores, cuando no ocultándolos o disculpándolo como cosas de niños
la idea de impunidad quedará reforzada para abusones y víctimas.
Los primeros tendrán la visión de que la agresividad y la violencia son herramientas adecuadas y válidas para desenvolverse en la vida. Las víctimas aprenderán y asimilarán ¿erróneamente? que hagan lo que hagan sus esfuerzos serán inútiles.
Pd: continuará, aunque la situación ideal sería que con el aprendizaje de la empatía y el respeto, que lo ideal es que se traigan ya algunas nociones desde casa, estuviera la cosa más o menos encarrilada, pero no, lo que se ve es otra cosa.
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