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El acoso laboral es

La acción de uno o varios hostigadores dirigida a producir miedo, terror o desánimo en el afectado, hacia su trabajo y sus capacidades.
También es el efecto y/o la enfermedad en el trabajador. Las víctimas reciben una violencia psicológica injustificada a través de actos negativos y hostiles dentro y fuera del trabajo por parte de compañeros (acoso horizontal), superiores (acoso vertical descendente) o subordinados (acoso vertical ascendente). Esta violencia se produce de modo sistemático y recurrente y se prolonga en el tiempo.
Los pequeños actos perversos son tan cotidianos que parecen normales.
Marie France Hirigoyen

¿Cómo empieza y se desarrolla?

El germen del acoso es una situación insignificante: cambio repentino en una relación que hasta entonces era buena o neutral, una discusión, un momento de tensión por cambios en la empresa (organizativos, jerárquicos, tecnológicos…). A partir de ese momento la persona destinataria del mobbing empezará a ser criticada y ninguneada por la manera de hacer su trabajo, haciéndose extensivos los rumores y difamaciones a su vida personal.

Quien acosa se rodeará de un grupo de personas dóciles/testigos silenciosos que secundarán la historia y su versión de los hechos. Es probable que sean conscientes de que la situación no es tal y como la describe su líder, pero por miedo a que se tomen represalias contra ellos o ser los siguientes, callarán. Todo aquel que no se aliste será considerado enemigo, así que mejor convertirse en cómplice o testigo.
Entretanto ya se ha creado una camaradería y conciencia de grupo en torno a la crítica común, los cotilleos y los chismes sobre la persona aislada. Estas personas (aún) no han perdido el sentido moral, pero sí han adormecido el pensamiento crítico (lo que hará más sencillo eludir la disonancia cognitiva). A partir de entonces será más fácil consolidar la campaña de descrédito y aniquilación moral.
Faltas de respeto, mentiras y manipulaciones se convertirán en comportamiento habitual con el que se convive, consentido y cotidiano.
No pasa nada mientras no me toque a mí.

Quien agrede

Se engrandece a costa de rebajar a otros, de una manera frontal o velada. Corrige a su víctima, la critica, la culpabiliza de cualquier cosa que no funcione. No siempre necesitará gritar, en ocasiones lo hará con dulzura y punzante condescendencia si tiene público y puede dejar en evidencia a su objetivo, haciendo que reaccione frontalmente con explosiones de ira contra esos ataques que a la vista no lo parecen.
Este tipo de psicópatas emocionales no siente empatía ni compasión por su víctima. Además, la utiliza como sujeto expiatorio de sus propias frustraciones personales, lo que le ocasiona placer y diversión. Su vida consiste en drenar la de otros y amedrentar con ello a cualquiera que ose enfrentársele.
Su animadversión hacia el objetivo proviene de la inseguridad, su propio vacío interior o la envidia. Utiliza sus habilidades de dominación y seducción como pantalla para ocultar vulnerabilidad y cobardía.
¿Quién no se rinde ante la simpatía e inocencia?, ¿cómo no adorar a esa persona que habla tan bien? A esa que hace bromas ingeniosas. A esa que escucha los problemas de quien lo está pasando mal (mientras recopila información y datos de su objetivo vulnerable)?
¿Qué podría tener una persona tan locuaz y encantadora, tan bondadosa, de maquiavélica? Por descontado que la marioneta será también seducida y tratará en un principio de corregir ese comportamiento que molesta a su verdugo, pero pronto descubrirá que nada es suficiente para contentarle.
La estrategia del acoso psicológico (para el acosador) se basa en no destruir al otro de manera fulminante. Va horadando poco a poco su dignidad y voluntad. Se nutre de la conservación del poder de control sobre la víctima, de convertirla en un objeto y esforzarse en que se mantenga en esa posición mientras, cara al observador externo, el acosador se muestra con un aire de perfecta corrección e inocencia.

¿Qué sucede con la víctima?

Al principio intentará mantenerse al margen de las campañas de descrédito y hostilidad, restándoles importancia y no entrando al trapo.
Poco a poco cederá a los chantajes para enmendar sus errores y ganarse el perdón del acosador, cosa que no sucederá. La repetición de esta situación, incomprensible y vejatoria, terminará por desestabilizarla psicológicamente.
Al principio no entiende qué está sucediendo. La víctima empezará a culpabilizarse, se preguntará qué está haciendo mal para que todos o la mayoría esté en su contra. Así, este goteo de maltrato sutil e invisible continuo, conducirá a un estado de indefensión aprendida. No hará frente a las críticas ni  se defenderá de los ataques. ¿Para qué?
Y este intento de autoprotección acaba volviéndose en su contra. Que la víctima no se defienda lleva a que (erróneamente) se explique el problema por esos rasgos de personalidad (error básico de atribución).
La persona atacada pierde poco a poco su resistencia, la opción de réplica. Pero el acosador no aspira a la destrucción rápida. Necesita cosificar al otro, conservar el poder de controlar, de privar a su víctima de un pensamiento propio. Cualquier cosa que ésta diga será refutada, puesta en entredicho. “Yo no he dicho eso, has entendido mal”.
¿Te resulta familiar esta situación? Alguna persona excluida o ninguneada sometida a una ley del silencio y ceguera (nadie sabe nada, nadie ha visto nada)?
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